TEXTOS
DEL BEATO JUAN XXIII PARA LA MEDITACION
Juan
XXIII, Papa, cuya vida y actividad estuvieron llenas de una singular humanidad.
Se esforzó en manifestar la caridad cristiana hacia todos y trabajó por la
unión fraterna de los pueblos. Solícito por la eficacia pastoral de la Iglesia de Cristo en toda
la tierra, convocó el Concilio Ecuménico Vaticano II.
Homilía
de Juan XXIII, 13 de noviembre de 1960, al iniciarse la fase preparatoria del
Concilio Vaticano II.
La celebración de hoy será, para cada uno de
los que hemos participado en ella, una invitación a la santidad.
Si a la afirmación del tu solus Dominus, tu
solus sanctus, tu solus altissimus dirigida a Cristo, fundador de la Iglesia , falta nuestra correspondencia
a su gracia, que es la fuente de toda santidad, corremos el peligro de reducir
estas manifestaciones a una forma vacía de contenido espiritual y apenas
comparable con una de las varias formas o distracciones de actividad humana
dirigida a las cosas materiales y olvidada de las eternas.
De aquí la afirmación, que se convierte en
precepto y deber sagrado, de buscar, en el fondo de todo esfuerzo por el
desarrollo de las energías de la
Iglesia , la santidad del clero y de los seglares y el afán de
cada uno por honrarla siguiendo las enseñanzas del Divino Maestro y el ejemplo
de los santos.
¡Queridos hijos! No vacilamos en afirmar que
nuestras diligencias y afanes por el éxito del Concilio serían vanos si este
esfuerzo colectivo de santificación fuese menos concorde y decidido. Ningún
elemento podrá contribuir a él como la santidad buscada y lograda. Las
oraciones, las virtudes de cada uno, el espíritu interior se convierten en
instrumento de inmenso bien.
Es, pues, necesaria una cooperación activa con
miras al éxito del Concilio Vaticano II, cooperación que sólo puede
manifestarse en el esfuerzo de santificación de cada uno de los Obispos,
sacerdotes y pueblo cristiano.
Durante el presente año, y con orden metódico
desde hoy, el Papa, los Padres del Concilio y nuestros cooperadores nos
proponemos mantenernos en nuestro puesto, que es, en primer lugar, el de la
santificación personal y después el del estudio y el trabajo. A los buenos
fieles toca escoger su puesto de cooperación en la oración, en la oración
asidua, de sincero testimonio de vida cristiana en el ámbito de la actividad
específica de cada cual.
Debo y quiero ser santo
Diario
del Alma 2 de febrero de 1903
“El pensamiento de que estoy obligado, como mi
tarea principal y única, a hacerme santo cueste lo que cueste, debe ser mi
preocupación constante; pero preocupación serena y tranquila, no agobiante y
tirana. Debo recordar esto en todo momento, desde el primer abrir de los ojos a
la luz de la mañana, hasta cerrarlos para el sueño por la noche. No volvamos,
pues a los modos, a las costumbres de otro tiempo. Serenidad y paz, pero
constancia e intransigencia. Desconfianza absoluta y bajo concepto de mí mismo,
acompañados de una initerrumpida comunicación de afectos con Dios. Esta es mi
obra, éste es mi trabajo. ¡Oh buen Jesús, ayúdame! ¡María, María, muestra que
eres mi madre!”
Primacía de la vida espiritual en
la evangelización
Discurso
del Papa Juan XXIII a una peregrinación de la «Action catholique des milieux
indépendants» de Francia 12 de mayo de
1961
Vuestra labor es una labor de evangelización.
Sois los enviados de la
Iglesia a vuestro ambiente, sus misioneros y apóstoles. Pero
el apostolado, como lo habéis comprendido bien, no es una empresa humana con
fines temporales, es una empresa divina, totalmente sobrenatural así en su
origen como en sus fines.
Se trata de llegar a las almas, moverlas,
impulsarlas a la reforma de su mentalidad, y éste es el objetivo al que tienden
vuestros métodos de Acción Católica especializada: "La encuesta",
"la revisión de vida". Pero la condición del éxito en este campo es
que el alma del apóstol se llene de Cristo, se asimile su espíritu y doctrina
en virtud de un prolongado esfuerzo personal de reflexión y oración, y por eso
nos complacemos en ver que ocupa el puesto de honor en vuestra estimación y en
vuestra vida el tercero de los medios que ponéis en práctica: la meditación de la Sagrada Escritura
y en especial de los Evangelios y las Epístolas. Cuanto más penetre en vuestras
almas esta doctrina, alimentando en ellas una vida interior sólida e intensa,
tanto más eficaz será también, por ello, vuestra acción sobre el ambiente.
Os diremos que en el puesto del apostolado
supremo, donde nos ha colocado la Providencia , cada día sentimos más que el recurso
a los medios sobrenaturales ayuda a cumplir los designios de Dios, a extender
su reino. Ellos son, verdaderamente —coma ha dicho un autor francés muy
conocido— "el alma de todo apostolado". Y Nos añadiremos, además, que
son una fuente extraordinaria de paz y tranquilidad de espíritu. El apóstol de
Cristo, que vive en la luz de Dios, no cede ni a la agitación febril ni al
desánimo frente a los obstáculos; con los ojos puestos en lo eterno adquiere
progresivamente una visión serena del valor y límites de toda actividad que se
desarrolla en el tiempo. Vive en la paz y la difunde en derredor suyo.
Juan XXIII: Obediencia y paz
20130603. Discurso del
Papa Francisco. 50º aniversario muerte de B. Juan XXIII
Hace exactamente cincuenta años, precisamente
a esta hora, el beato Juan XXIII dejaba este mundo. Quien, como yo, tiene
cierta edad, mantiene un vivo recuerdo de la conmoción que se difundió por
todas partes en esos días: la plaza de San Pedro se convirtió en un santuario a
cielo abierto, acogiendo de día y de noche a fieles de todas las edades y
condiciones sociales, con ansia y en oración por la salud del Papa. Todo el
mundo había reconocido en el Papa Juan XXIII a un pastor y padre. Pastor porque
era padre. ¿Qué fue lo que lo hizo posible? ¿Cómo pudo llegar al corazón de
personas tan distintas, incluso de muchos no cristianos? Para responder a esta
pregunta, podemos remitirnos a su lema episcopal, Oboedientia et pax: obediencia
y paz. «Estas palabras —anotaba monseñor Roncalli la víspera de su consagración
episcopal— son en cierto sentido mi historia y mi vida» (Diario del alma,
Retiro de preparación para la consagración episcopal, 13-17 de marzo de
1925). Obediencia y paz.
Desearía partir de la paz, porque este es el
aspecto más evidente, el que la gente percibió en el Papa Juan XXIII: Angelo
Roncalli era un hombre capaz de transmitir paz; una paz natural, serena,
cordial; una paz que con su elección al Pontificado se manifestó a todo el
mundo y recibió el nombre de bondad. Es muy bello encontrar a un sacerdote, a
un presbítero bueno, con bondad. Y esto me hace pensar en algo que san Ignacio
de Loyola —¡pero no hago publicidad!— decía a los jesuitas, cuando hablaba de
las cualidades que debe tener un superior. Y decía: debe tener esto, esto,
esto, esto... una larga lista de cualidades. Pero al final decía: «Y si no
tiene estas virtudes, al menos que tenga mucha bondad». Es lo esencial. Es un
padre. Un sacerdote con bondad. Indudablemente este fue un rasgo distintivo de
su personalidad, que le permitió construir en todas partes amistades sólidas y
que destacó de modo especial en su ministerio de representante del Papa, que
desempeñó durante casi tres décadas, a menudo en contacto con ambientes y
mundos muy lejanos del universo católico en el que él había nacido y se había formado.
Precisamente en esos ambientes se mostró un eficaz artífice de relaciones y un
valioso promotor de unidad, dentro y fuera de la comunidad eclesial, abierto al
diálogo con los cristianos de otras Iglesias, con exponentes del mundo judío y
musulmán y con muchos otros hombres de buena voluntad. En realidad, el Papa
Juan XXIII transmitía paz porque tenía un alma profundamente pacificada: él se
había dejado pacificar por el Espíritu Santo. Y este ánimo pacificado era fruto
de un largo y arduo trabajo sobre sí mismo, trabajo del que ha quedado
abundante huella en el Diario
del alma. Allí podemos ver al seminarista, al sacerdote, al obispo Roncalli
ocupado en el camino de progresiva purificación del corazón. Lo vemos, día a
día, atento para reconocer y mortificar los deseos que proceden del propio
egoísmo, discerniendo las inspiraciones del Señor, dejándose guiar por sabios
directores espirituales e inspirar por maestros como san Francisco de Sales y
san Carlos Borromeo. Leyendo esos escritos asistimos verdaderamente a la
formación de un alma, bajo la acción del Espíritu Santo que actúa en su
Iglesia, en las almas: ha sido Él precisamente quien, con estas buenas
predisposiciones, pacificó su alma.
Aquí llegamos a la segunda y decisiva palabra:
«obediencia». Si la paz fue la característica exterior, la obediencia
constituyó para Roncalli la disposición interior: la obediencia, en realidad,
fue el instrumento para alcanzar la paz. Ante todo, la obediencia tuvo un
sentido muy sencillo y concreto: desempeñar en la Iglesia el servicio que
los superiores le pedían, sin buscar nada para sí, sin evadir nada de lo que se
le pedía, incluso cuando eso significó dejar la propia tierra, confrontarse con
mundos para él desconocidos, permanecer largos años en lugares donde la
presencia de católicos era muy escasa. Este dejarse conducir, como un niño,
edificó su itinerario sacerdotal que vosotros conocéis bien, desde secretario
de monseñor Radini Tedeschi y, al mismo tiempo, profesor y padre espiritual en
el seminario diocesano, a representante pontificio en Bulgaria, Turquía y
Grecia, Francia, a Pastor de la
Iglesia veneciana y por último Obispo de Roma. A través de
esta obediencia, el sacerdote y obispo Roncalli vivió también una fidelidad más
profunda, que podríamos definir, como él habría dicho, abandono en la divina
Providencia. Él reconoció constantemente, en la fe, que a través de ese
itinerario de vida guiado aparentemente por otros, no conducido por los propios
gustos o sobre la base de una sensibilidad espiritual propia, Dios iba trazando
su proyecto. Era un hombre de gobierno, un conductor. Pero un conductor
conducido, por el Espíritu Santo, por obediencia.
Aún más profundamente, mediante este abandono
cotidiano a la voluntad de Dios, el futuro Papa Juan XXIII vivió una
purificación que le permitió desprenderse completamente de sí mismo y adherirse
a Cristo, dejando emerger así la santidad que la Iglesia reconoció luego
oficialmente. «El que pierda su vida por mi causa la salvará» nos dice Jesús (Lc 9, 24). Aquí está la verdadera fuente
de la bondad del Papa Juan XXIII, de la paz que difundió en el mundo, aquí se
encuentra la raíz de su santidad: su obediencia evangélica.
Esta es una enseñanza para cada uno de
nosotros, pero también para la
Iglesia de nuestro tiempo: si sabemos dejarnos conducir por
el Espíritu Santo, si sabemos mortificar nuestro egoísmo para dejar espacio al
amor del Señor y a su voluntad, entonces encontraremos la paz, entonces sabremos
ser constructores de paz y difundiremos paz a nuestro alrededor. A los
cincuenta años de su muerte, la guía sabia y paterna del Papa Juan XXIII, su
amor a la tradición de la
Iglesia y la consciencia de su necesidad constante de
actualización, la intuición profética de la convocatoria del Concilio Vaticano
II y el ofrecimiento de la propia vida por su buen éxito, permanecen como hitos
en la historia de la Iglesia
del siglo XX y como un faro luminoso para el camino que nos espera.
Queridos bergamascos, vosotros estáis
justamente orgullosos del «Papa bueno», luminoso ejemplo de la fe y de las
virtudes de generaciones enteras de cristianos de vuestra tierra. Custodiad su
espíritu, profundizad en el estudio de su vida y de sus escritos, pero sobre
todo imitad su santidad. Dejaos guiar por el Espíritu Santo. No tengáis miedo
de los riesgos, como él no tuvo miedo. Docilidad al Espíritu, amor a la Iglesia y adelante... el
Señor hará todo.
Decálogo de la serenidad
1. Sólo por hoy
trataré de vivir exclusivamente el día sin querer resolver el problema de mi
vida todo de una vez.
2. Sólo por hoy tendré
el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y
no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.
3. Sólo por hoy seré
feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro
mundo sino en éste también.
4. Sólo por hoy me
adaptaré a las circunstancias sin pretender que las circunstancias se adapten
todas a mis deseos.
5. Sólo por hoy
dedicaré 10 minutos de mi tiempo a una buena lectura recordando que, como el alimento
es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la
vida del alma.
6. Sólo por hoy haré
una buena acción y no lo diré a nadie.
7. Sólo por hoy haré
por lo menos una cosa que no deseo hacer, y si me sintiera ofendido en mis sentimientos
procuraré que nadie se entere.
8. Sólo por hoy haré
un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré, y me
guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.
9. Sólo por hoy
creeré firmemente –aunque las circunstancias demuestren lo contrario– que la
buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie existiera en el mundo.
10. Sólo por hoy no
tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo bello y de
creer en la bondad.
Dios todopoderoso y eterno,
que en el beato Juan, Papa, hiciste brillar ante el mundo
el ejemplo del buen pastor,
te rogamos que por su intercesión,
nos concedas poder difundir con alegría
la plenitud de la caridad cristiana.
Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios, por los siglos de los siglos.
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