domingo, 30 de marzo de 2014

MEDITACION

TEXTOS DEL BEATO JUAN XXIII PARA LA MEDITACION

Juan XXIII, Papa, cuya vida y actividad estuvieron llenas de una singular humanidad. Se esforzó en manifestar la caridad cristiana hacia todos y trabajó por la unión fraterna de los pueblos. Solícito por la eficacia pastoral de la Iglesia de Cristo en toda la tierra, convocó el Concilio Ecuménico Vaticano II.


La santificación personal, necesidad de la Iglesia
Homilía de Juan XXIII, 13 de noviembre de 1960, al iniciarse la fase preparatoria del Concilio Vaticano II.
La celebración de hoy será, para cada uno de los que hemos participado en ella, una invitación a la santidad.
Si a la afirmación del tu solus Dominus, tu solus sanctus, tu solus altissimus dirigida a Cristo, fundador de la Iglesia, falta nuestra correspondencia a su gracia, que es la fuente de toda santidad, corremos el peligro de reducir estas manifestaciones a una forma vacía de contenido espiritual y apenas comparable con una de las varias formas o distracciones de actividad humana dirigida a las cosas materiales y olvidada de las eternas.
De aquí la afirmación, que se convierte en precepto y deber sagrado, de buscar, en el fondo de todo esfuerzo por el desarrollo de las energías de la Iglesia, la santidad del clero y de los seglares y el afán de cada uno por honrarla siguiendo las enseñanzas del Divino Maestro y el ejemplo de los santos.
¡Queridos hijos! No vacilamos en afirmar que nuestras diligencias y afanes por el éxito del Concilio serían vanos si este esfuerzo colectivo de santificación fuese menos concorde y decidido. Ningún elemento podrá contribuir a él como la santidad buscada y lograda. Las oraciones, las virtudes de cada uno, el espíritu interior se convierten en instrumento de inmenso bien.
Es, pues, necesaria una cooperación activa con miras al éxito del Concilio Vaticano II, cooperación que sólo puede manifestarse en el esfuerzo de santificación de cada uno de los Obispos, sacerdotes y pueblo cristiano.
Durante el presente año, y con orden metódico desde hoy, el Papa, los Padres del Concilio y nuestros cooperadores nos proponemos mantenernos en nuestro puesto, que es, en primer lugar, el de la santificación personal y después el del estudio y el trabajo. A los buenos fieles toca escoger su puesto de cooperación en la oración, en la oración asidua, de sincero testimonio de vida cristiana en el ámbito de la actividad específica de cada cual.

Debo y quiero ser santo
Diario del Alma 2 de febrero de 1903
“El pensamiento de que estoy obligado, como mi tarea principal y única, a hacerme santo cueste lo que cueste, debe ser mi preocupación constante; pero preocupación serena y tranquila, no agobiante y tirana. Debo recordar esto en todo momento, desde el primer abrir de los ojos a la luz de la mañana, hasta cerrarlos para el sueño por la noche. No volvamos, pues a los modos, a las costumbres de otro tiempo. Serenidad y paz, pero constancia e intransigencia. Desconfianza absoluta y bajo concepto de mí mismo, acompañados de una initerrumpida comunicación de afectos con Dios. Esta es mi obra, éste es mi trabajo. ¡Oh buen Jesús, ayúdame! ¡María, María, muestra que eres mi madre!”

Primacía de la vida espiritual en la evangelización
Discurso del Papa Juan XXIII a una peregrinación de la «Action catholique des milieux indépendants» de Francia  12 de mayo de 1961
Vuestra labor es una labor de evangelización. Sois los enviados de la Iglesia a vuestro ambiente, sus misioneros y apóstoles. Pero el apostolado, como lo habéis comprendido bien, no es una empresa humana con fines temporales, es una empresa divina, totalmente sobrenatural así en su origen como en sus fines.
Se trata de llegar a las almas, moverlas, impulsarlas a la reforma de su mentalidad, y éste es el objetivo al que tienden vuestros métodos de Acción Católica especializada: "La encuesta", "la revisión de vida". Pero la condición del éxito en este campo es que el alma del apóstol se llene de Cristo, se asimile su espíritu y doctrina en virtud de un prolongado esfuerzo personal de reflexión y oración, y por eso nos complacemos en ver que ocupa el puesto de honor en vuestra estimación y en vuestra vida el tercero de los medios que ponéis en práctica: la meditación de la Sagrada Escritura y en especial de los Evangelios y las Epístolas. Cuanto más penetre en vuestras almas esta doctrina, alimentando en ellas una vida interior sólida e intensa, tanto más eficaz será también, por ello, vuestra acción sobre el ambiente.
Os diremos que en el puesto del apostolado supremo, donde nos ha colocado la Providencia, cada día sentimos más que el recurso a los medios sobrenaturales ayuda a cumplir los designios de Dios, a extender su reino. Ellos son, verdaderamente —coma ha dicho un autor francés muy conocido— "el alma de todo apostolado". Y Nos añadiremos, además, que son una fuente extraordinaria de paz y tranquilidad de espíritu. El apóstol de Cristo, que vive en la luz de Dios, no cede ni a la agitación febril ni al desánimo frente a los obstáculos; con los ojos puestos en lo eterno adquiere progresivamente una visión serena del valor y límites de toda actividad que se desarrolla en el tiempo. Vive en la paz y la difunde en derredor suyo.

Juan XXIII: Obediencia y paz
20130603. Discurso del Papa Francisco. 50º aniversario muerte de B. Juan XXIII
Hace exactamente cincuenta años, precisamente a esta hora, el beato Juan XXIII dejaba este mundo. Quien, como yo, tiene cierta edad, mantiene un vivo recuerdo de la conmoción que se difundió por todas partes en esos días: la plaza de San Pedro se convirtió en un santuario a cielo abierto, acogiendo de día y de noche a fieles de todas las edades y condiciones sociales, con ansia y en oración por la salud del Papa. Todo el mundo había reconocido en el Papa Juan XXIII a un pastor y padre. Pastor porque era padre. ¿Qué fue lo que lo hizo posible? ¿Cómo pudo llegar al corazón de personas tan distintas, incluso de muchos no cristianos? Para responder a esta pregunta, podemos remitirnos a su lema episcopal, Oboedientia et pax: obediencia y paz. «Estas palabras —anotaba monseñor Roncalli la víspera de su consagración episcopal— son en cierto sentido mi historia y mi vida» (Diario del alma, Retiro de preparación para la consagración episcopal, 13-17 de marzo de 1925). Obediencia y paz.
Desearía partir de la paz, porque este es el aspecto más evidente, el que la gente percibió en el Papa Juan XXIII: Angelo Roncalli era un hombre capaz de transmitir paz; una paz natural, serena, cordial; una paz que con su elección al Pontificado se manifestó a todo el mundo y recibió el nombre de bondad. Es muy bello encontrar a un sacerdote, a un presbítero bueno, con bondad. Y esto me hace pensar en algo que san Ignacio de Loyola —¡pero no hago publicidad!— decía a los jesuitas, cuando hablaba de las cualidades que debe tener un superior. Y decía: debe tener esto, esto, esto, esto... una larga lista de cualidades. Pero al final decía: «Y si no tiene estas virtudes, al menos que tenga mucha bondad». Es lo esencial. Es un padre. Un sacerdote con bondad. Indudablemente este fue un rasgo distintivo de su personalidad, que le permitió construir en todas partes amistades sólidas y que destacó de modo especial en su ministerio de representante del Papa, que desempeñó durante casi tres décadas, a menudo en contacto con ambientes y mundos muy lejanos del universo católico en el que él había nacido y se había formado. Precisamente en esos ambientes se mostró un eficaz artífice de relaciones y un valioso promotor de unidad, dentro y fuera de la comunidad eclesial, abierto al diálogo con los cristianos de otras Iglesias, con exponentes del mundo judío y musulmán y con muchos otros hombres de buena voluntad. En realidad, el Papa Juan XXIII transmitía paz porque tenía un alma profundamente pacificada: él se había dejado pacificar por el Espíritu Santo. Y este ánimo pacificado era fruto de un largo y arduo trabajo sobre sí mismo, trabajo del que ha quedado abundante huella en el Diario del alma. Allí podemos ver al seminarista, al sacerdote, al obispo Roncalli ocupado en el camino de progresiva purificación del corazón. Lo vemos, día a día, atento para reconocer y mortificar los deseos que proceden del propio egoísmo, discerniendo las inspiraciones del Señor, dejándose guiar por sabios directores espirituales e inspirar por maestros como san Francisco de Sales y san Carlos Borromeo. Leyendo esos escritos asistimos verdaderamente a la formación de un alma, bajo la acción del Espíritu Santo que actúa en su Iglesia, en las almas: ha sido Él precisamente quien, con estas buenas predisposiciones, pacificó su alma.
Aquí llegamos a la segunda y decisiva palabra: «obediencia». Si la paz fue la característica exterior, la obediencia constituyó para Roncalli la disposición interior: la obediencia, en realidad, fue el instrumento para alcanzar la paz. Ante todo, la obediencia tuvo un sentido muy sencillo y concreto: desempeñar en la Iglesia el servicio que los superiores le pedían, sin buscar nada para sí, sin evadir nada de lo que se le pedía, incluso cuando eso significó dejar la propia tierra, confrontarse con mundos para él desconocidos, permanecer largos años en lugares donde la presencia de católicos era muy escasa. Este dejarse conducir, como un niño, edificó su itinerario sacerdotal que vosotros conocéis bien, desde secretario de monseñor Radini Tedeschi y, al mismo tiempo, profesor y padre espiritual en el seminario diocesano, a representante pontificio en Bulgaria, Turquía y Grecia, Francia, a Pastor de la Iglesia veneciana y por último Obispo de Roma. A través de esta obediencia, el sacerdote y obispo Roncalli vivió también una fidelidad más profunda, que podríamos definir, como él habría dicho, abandono en la divina Providencia. Él reconoció constantemente, en la fe, que a través de ese itinerario de vida guiado aparentemente por otros, no conducido por los propios gustos o sobre la base de una sensibilidad espiritual propia, Dios iba trazando su proyecto. Era un hombre de gobierno, un conductor. Pero un conductor conducido, por el Espíritu Santo, por obediencia.
Aún más profundamente, mediante este abandono cotidiano a la voluntad de Dios, el futuro Papa Juan XXIII vivió una purificación que le permitió desprenderse completamente de sí mismo y adherirse a Cristo, dejando emerger así la santidad que la Iglesia reconoció luego oficialmente. «El que pierda su vida por mi causa la salvará» nos dice Jesús (Lc 9, 24). Aquí está la verdadera fuente de la bondad del Papa Juan XXIII, de la paz que difundió en el mundo, aquí se encuentra la raíz de su santidad: su obediencia evangélica.
Esta es una enseñanza para cada uno de nosotros, pero también para la Iglesia de nuestro tiempo: si sabemos dejarnos conducir por el Espíritu Santo, si sabemos mortificar nuestro egoísmo para dejar espacio al amor del Señor y a su voluntad, entonces encontraremos la paz, entonces sabremos ser constructores de paz y difundiremos paz a nuestro alrededor. A los cincuenta años de su muerte, la guía sabia y paterna del Papa Juan XXIII, su amor a la tradición de la Iglesia y la consciencia de su necesidad constante de actualización, la intuición profética de la convocatoria del Concilio Vaticano II y el ofrecimiento de la propia vida por su buen éxito, permanecen como hitos en la historia de la Iglesia del siglo XX y como un faro luminoso para el camino que nos espera.
Queridos bergamascos, vosotros estáis justamente orgullosos del «Papa bueno», luminoso ejemplo de la fe y de las virtudes de generaciones enteras de cristianos de vuestra tierra. Custodiad su espíritu, profundizad en el estudio de su vida y de sus escritos, pero sobre todo imitad su santidad. Dejaos guiar por el Espíritu Santo. No tengáis miedo de los riesgos, como él no tuvo miedo. Docilidad al Espíritu, amor a la Iglesia y adelante... el Señor hará todo.

Decálogo de la serenidad

1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez.
2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.
3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo sino en éste también.
4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.
5. Sólo por hoy dedicaré 10 minutos de mi tiempo a una buena lectura recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.
6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.
7. Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer, y si me sintiera ofendido en mis sentimientos procuraré que nadie se entere.
8. Sólo por hoy haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré, y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.
9. Sólo por hoy creeré firmemente –aunque las circunstancias demuestren lo contrario– que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie existiera en el mundo.
10. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo bello y de creer en la bondad.

Oración de la Misa del BEATO JUAN XXIII

Dios todopoderoso y eterno,

que en el beato Juan, Papa, hiciste brillar ante el mundo
el ejemplo del buen pastor,
te rogamos que por su intercesión,
nos concedas poder difundir con alegría
la plenitud de la caridad cristiana.
Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios, por los siglos de los siglos.

viernes, 28 de marzo de 2014

Canto a San Juan XXIII

Canto a San Juan XXII

Llegó de una larga vida.
Y se apellidó Juan.
Salió por las avenidas
abriendo su corazón.
Pasando por nuestras vidas;
habla de libertad.
Llevaba el amor consigo,
y por ser amigo nos dio la paz;
si quieres cantar conmigo,
a mi viejo amigo recordarás.

Vivan los nuevos cielos,
de San Juan XXIII.
Viva la nueva tierra,
que nuestros hijos verán.
Viva la nueva Iglesia,
que otros caminos buscó.
Vivan los nuevos tiempos,
y los caminos que Juan abrió.
Vivan los nuevos tiempos,
y los caminos que Juan abrió.

Vivió como un peregrino,
que sabe hacia dónde va,
mostrando nuevos caminos,
de paz y fraternidad;
nos daba las esperanzas;
que Dios le mandaba dar.
La gente que le escuchaba
no se cansaba de caminar,
y un soplo de primavera
la tierra toda sentía pasar.

Vivan los nuevos cielos...

Partió como quien luchaba.
Sabiendo lo que es luchar.
Y aún al morir hablaba,
que siempre hay que caminar.
Dejó como testamento;
su voz y su corazón,
y ahora en todo momento,
mi pensamiento recuerda a Juan.
Tal vez yo también aprenda
A marchar, donde sus huellas van.

Vivan los nuevos cielos...